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Leopoldo Calvo Sotelo (1926-2008) PDF Imprimir E-Mail
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escrito por AR   
Sunday, 04 de May de 2008
leopoldo_calvo_sotelo_1.pngEn el momento en que se anunciaba el golpe de estado del 23-F, yo era un adolescente, no había terminado mis estudios, entre libros, la normalidad convulsa que los mayores de España nos habían dado en la Transición , permitieron una posición política crítica, pero sin militancia. Recuerdo que inmediatamente conocida la noticia, llamé a un compañero de universidad, -castellano él, austero- y le comuniqué entre sorprendido y excitado lo que estaba sucediendo en el Congreso de los Diputados. Después, continué con lo que estaba haciendo como si no hubiese pasado nada. Lo cierto es que no experimenté temor ni regocijo, era un joven estudiante al que las cuestiones de la política le habían dejado de interesar hacía tiempo. ¿Qué podía cambiar en mi vida? Decidí... que nada; después de todo yo era de derechas y el golpe de Tejero no iba conmigo.

Por esto, no puedo hablar de Calvo-Sotelo , recuerdo que me pareció un presidente de compromiso, transición en la transición, serio y descreido, nada ilusionante frente al lobo Felipe Gonzalez que le acechaba; en definitiva, el fin pausado del periodo brillante que protagonizó Adolfo Suarez, y que Victoria Prego hacía crónica en "Así se hizo la transición" -más tarde escribiría "Presidentes"-.

D.E.P.

leopoldo_calvo_sotelo.png


El gran olvidado

Domingo 04/05/2008
Victoria Prego
El Mundo

MADRID.- Le tocó bailar con la más fea de las legislaturas y muy pocos se lo han reconocido, y mucho menos agradecido, en vida. Cierto que Adolfo Suárez, su predecesor en el arte de bailar un tango sobre el alambre y conseguir llegar al otro lado sin romperse la crisma, lo tuvo tan complicado como él. Pero no más. Y tenía razón este hombre afectuoso y adusto cuando decía, vitriólico , que para "mala herencia recibida", la suya. Hablaba, claro, de los lamentos que los dirigentes del PSOE trompetearon a todos los vientos cuando, con 202 diputados en el zurrón, que es tanto como decir con un blindaje popular a prueba de bomba, insistían en recordar las malas condiciones en que se encontraba el país cuando ellos recogieron el testigo para gobernarlo. Y tenían razón. Pero más razón tenía Leopoldo Calvo-Sotelo en recordar que lo que a él le había caído en las manos en aquel mes de febrero de 1981 no había sido una patata caliente sino una patata de plomo derretido.

Para empezar, este hombre, que nunca tuvo vocación de suplente y que, al contrario, sí tuvo un clarísimo y sólido proyecto para España, que pudo llevar parcialmente a cabo –hasta allí donde los suyos se lo permitieron– se quedó solo desde el primer instante en que asumió el poder.

Se quedó solo porque Adolfo Suárez tardó apenas un par de horas en marchar de vacaciones después de que Calvo-Sotelo, dominado ya el intento de golpe, juró su cargo ante el Rey.

Y se quedó solo también porque gobernó de principio a final sobre un partido que se le deshacía entre los dedos y que no le respaldaba sencillamente porque no era el "suyo": prácticamente ninguno de los dirigentes de la UCD le debía su cargo a él sino a Suárez y/o al círculo de poder de Suárez. En esas condiciones de dramática soledad política se enfrentó a un país paralizado de miedo y de desconfianza por culpa de un intento de golpe de Estado que todos sabíamos –y él mejor que nadie aunque toda su vida lo haya estado negando– que podía en cualquier momento volver a repetirse. Como, efectivamente, 20 meses después se repitió.

Administró después con pulso frío y gran tesón la estrategia desestabilizadora de los golpistas y sus esfuerzos constantes por involucrar al Rey en el golpe fracasado y derribarle así de su papel constitucional. Fue capaz de controlar la violentísima zozobra provocada por el juicio a los imputados en el golpe. Y tuvo el valor político de recurrir ante la jurisdicción civil aquella sentencia emitida por un tribunal militar. Fue Leopoldo Calvo-Sotelo quien se empeñó personalmente en que la última palabra sobre la sublevación de unos militares la tuvieran los tribunales ordinarios. Y con las condenas del Tribunal Supremo a los golpistas se dio, aunque ya casi nadie lo aprecie, un paso histórico en el difícil camino del establecimiento definitivo de la superioridad jerárquica del poder civil sobre el poder militar.

Leopoldo Calvo-Sotelo metió a España en la OTAN. Contra viento y marea, contra el amotinamiento político pero también social de toda la izquierda española, este presidente de Gobierno del que muy pocos se acuerdan cuando hablan de los grandes protagonistas de la Transición, supo con certeza que sólo integrando al país en las grandes estructuras occidentales de cohesión España podía arrancar definitivamente y salir del barranco al que la había empujado la Historia.

Cerró el mapa autonómico que hoy conocemos. No todos los estatutos de autonomía pudieron aprobarse bajo su mandato, es verdad. Pero si no se hubiera visto obligado a adelantar las elecciones generales, como se vio, 15 de los 17 estatutos habrían estado aprobados y en vigor bajo su presidencia. Por eso decía tantas veces que le hubiera gustado ser el Javier de Burgos de nuestro tiempo. No pudo ser. Como tampoco pudo ser que cumpliera su viejo sueño de presidir el momento en que España entró a formar parte de la Comunidad Europea.

Remando contra el viento logró aprobar una Ley de Divorcio que terminó de romper a su partido en mil pedazos. Y tuvo el coraje de seguir adelante con ese proyecto que movilizó en su contra a la jerarquía católica y que le costó definitivamente tener que "levantarse cada mañana sin saber si vas a cenar hoy", como él solía contar. Porque, efectivamente, un día tras otro, y tras otro, y así hasta el final de su agónico mandato, se vio en la necesidad de recontar mil veces el número de diputados de su propio grupo que en esa jornada, pero sólo en esa jornada, le iban a hacer la merced de apoyar en el Congreso los proyectos del Gobierno. Aguantó como pudo el torrente de un PSOE crecido y seguro de sí hasta que ya no pudo más. Y la gota que colmó el vaso o, como él contaba, el medio litro de agua que se derramó sobre el vaso rebosante de su capacidad de resistencia, se le vino encima con un nombre, Adolfo, y un apellido, Suárez.

El día que el fundador de UCD anunció que abandonaba su propio partido, Leopoldo Calvo-Sotelo supo que había llegado el momento de salir cerrando cuidadosamente la puerta después de haber apagado la luz. Pero, ya casi con un pie en la calle, aún tuvo que lidiar con el segundo intento de golpe de Estado programado para la víspera de la jornada electoral que había de dar una arrolladora victoria a los jóvenes socialistas. Paró y templó. Descubrió el golpe, detuvo a sus dirigentes, y luego, de acuerdo ya con Felipe González, aplicó ingentes cantidades de bálsamo sobre una sociedad amenazada por la atrocidad cruenta que los golpistas preparaban. Después, guardó silencio: a aquella España que por primera vez iba a estar gobernada en solitario por el Partido Socialista no se la podía someter a semejante sobresalto.

Todo esto y mucho más que no cabe aquí lo que evidencia es que el segundo presidente de la democracia española merece por todos los costados el reconocimiento público por una tarea difícil y llena de riesgos pero conducida con pulso y sólidamente amarrada a un proyecto político de largo alcance, que fue la tarea que él desempeñó. Y ello, en igualdad de honores con quienes le antecedieron y sucedieron en el cargo. Si no más.

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AR - La segunda transición    
avatar Último artículo de D. Leopoldo Calvo Sotelo(Diario ABC).

La segunda transición
LEOPOLDO CALVO-SOTELO

HEMOS venido llamando Transición al proceso que nos permitió sustituir el régimen de Franco y su centralismo autoritario por una Monarquía parlamentaria y el Estado de las autonomías.

Con la Transición quedaron atrás, muchos creímos que definitivamente, un par de siglos de fracasos, de dictaduras y de discordias civiles; España dejó de ser, muchos creímos que definitivamente, un problema congénito que esperaba su solución de Europa y pasó a ser un modelo de solución para muchos países europeos y de otros continentes que accedieron a la democracia en la última década del siglo XX.

A la vista de este éxito rotundo y brillante han ido apareciendo políticos que intentan ocupar la prestigiosa marca «Transición» con ideas o proyectos a los que dan el nombre de segunda transición. No es que me hiera la usurpación por unos recién llegados de una marca política prestigiosa, pero sí me irrita y me preocupa que bajo el rótulo de segunda transición se intente pasar una extraña y confusa mercancía que traiciona la esencia misma de la primera.

La desnaturalización empieza por las bases históricas de nuestra convivencia política, desarrolladas a lo largo de la Transición y cifradas en la Constitución de 1978. Todo edificio constitucional tiene sus cimientos históricos y los del nuestro son los llamados valores de la Transición: la Monarquía, el espíritu de reconciliación nacional, el propósito de no repetir los errores del pasado, la voluntad de mantener un sólido consenso en las cuestiones fundamentales.

Han pasado treinta años y creíamos haber integrado y asumido ya aquellos valores, con la tradición política que arranca de ellos -desde UCD y la alta figura fundacional de Adolfo Suárez y, luego, la prudente pasada por la izquierda de Felipe González, hasta los años prósperos de Aznar.

Muchos creíamos, y vuelvo a utilizar el pretérito imperfecto, que la Transición es, por fin, un referente aceptable para todos los españoles sobre el que asentar el futuro con los necesarios ajustes no esenciales. Un referente que tienen otras naciones (eso son los Padres Fundadores para los norteamericanos, o la etapa victoriana para los ingleses, o el General De Gaulle para los franceses). Y así muchos hacíamos nuestra la respetuosa ironía con la que Umbral ha acuñado el epíteto Santa Transición.

Pero he aquí que la izquierda, vencedora relativa en Marzo de 2004, no se limita al ejercicio normal de una alternativa de Gobierno, sino que, ignorando aquellos valores que muchos habíamos creído asentados, propone una segunda transición y parece como si quisiera edificar el futuro de España sobre los cimientos de la II República.

Es muy significativo, en efecto, que el preámbulo del proyecto de Estatuto catalán, que hoy se discute en las Cortes con el apoyo del Gobierno, cite dos veces la Generalidad de la II República y ni una sola vez la Constitución de 1978; o que cuando se decide a escribir el nombre de España lo haga pegándolo al epíteto de Estado plurinacional. Así como el famoso Proslogion de San Anselmo arranca de la blasfemia religiosa Non est Deus, Dios no existe, para refutarla contundentemente, la nueva transición española parece arrancar de la blasfemia histórica Non est Hispania, España no existe: Sintámonos convocados a refutarla contundentemente también.

Acaba de ver la luz un excelente libro del profesor Álvarez Tardío titulado «El camino a la democracia de España». Trae un prólogo de Rafael Arias Salgado cuyas últimas palabras -que suscribo íntegramente- son éstas: «Habrá que ahondar en la crisis intelectual y programática de la izquierda democrática. Es ella (la izquierda) la que debe renovarse antes de pretender suscitar una segunda transición para modificar las instituciones y las reglas de juego que emergieron de la primera». Y en el texto que sigue el profesor hace un análisis comparativo y riguroso de las dos transiciones políticas del siglo XX: la de 1931, cuya deriva condujo en cinco años a la guerra civil, y la de 1978 cuyo éxito nos ha dado hasta hoy los treinta mejores años de nuestra historia contemporánea. Atribuye el autor el fracaso de la primera al hecho de que sus protagonistas concibieran la democracia como «un sistema político al servicio de un objetivo de transformación revolucionaria de la sociedad española»; y el éxito de la segunda al hecho de que sus protagonistas entendieran desde el principio que «nadie podía arrogarse en exclusiva el título de demócrata, por lo que la participación de todos era imprescindible para elaborar las reglas del juego de una democracia duradera»; y practicaran, además, la «renuncia expresa a defender una memoria histórica que condujera nuevamente al enfrentamiento civil entre españoles».

¡Qué disparate volver la vista con nostalgia desde los brillantes años con los que empieza el siglo XXI hasta los sombríos años treinta del siglo pasado!

Algunos tuvimos el privilegio de saber esto muy pronto. En 1943 me afilié a las Juventudes Monárquicas de Joaquín Satrústegui porque en aquellos tiempos, tan próximos a la guerra civil, decirse partidario del Conde de Barcelona era decir que no se estaba ni con el franquismo triunfante ni con la República derrotada. O, en palabras de Julián Marías, que no se estaba ni con los justamente vencidos en la guerra civil ni con los injustamente vencedores en ella. El Conde de Barcelona propugnaba entonces una tercera vía: la que iba a hacerse realidad, es cierto que muchos años más tarde, en la Monarquía Parlamentaria de Juan Carlos I.

Nada tiene mucho sentido en esta que se proclama segunda transición. Al cumplir treinta años la España de la primera Transición es un país sólido (así lo calificó el presidente Pujol la semana pasada en Madrid) lo bastante sólido para navegar -si gobernado por un buen piloto- este mar de dificultades en buena parte exageradas, cuando no inventadas, que parece amenazarnos.

Nunca segundas partes fueron buenas. Suele citarse como excepción que confirma esta regla el caso de la segunda parte de El Quijote; y, precisamente, al final de ella incluyó Cervantes una copla dirigida a quienes pretendieron ocupar la marca prestigiosa por él registrada. Voy a reproducirla como colofón de estas líneas poniéndola, sin su permiso, en los labios de Adolfo Suárez, autor de la primera Transición, y referida a ella:

«Tate, tate, folloncicos,
de ninguno sea tocada;
porque esta empresa, buen rey,
para mí estaba guardada».

LEOPOLDO CALVO-SOTELO
EX PRESIDENTE DEL GOBIERNO

Nota de AR: Gracias F.J.L. por la cita.
AR - ERC impide el homenaje  
avatar BARCELONA.09-05-2008- Tanto el Partido Popular catalán como Ciutadans han criticado duramente la actitud de Esquerra durante el último pleno en el Parlament. Ambos partidos creen que los independentistas se equivocaron al romper la unanimidad y abortar una declaración institucional de pésame por el fallecimiento del ex presidente del Gobierno español Leopoldo Calvo-Sotelo, que murió la semana pasada.

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Modificado el ( Monday, 05 de May de 2008 )
 
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